Cómo evitar el contagio

Cómo evitar el contagio

¿Cómo evitar el contagio? ¿Y si la enfermedad acecha en el pomo de la puerta de tu casa? ¿Y si está en el estornudo, en la tos, en el aire mismo en libre flotación incluso antes de que nadie la expela? ¿Y si está en los labios de la persona a la que no puedes no besar?

Lávate las manos según las indicaciones de las autoridades, muévelas con vigor al menos durante quince segundos. Que el jabón se multiplique en tus palmas y en las líneas que las recorren y en las esquinas que las delimitan, en los recovecos de tus dedos, en las axilas de tus muñecas. Crea en tu piel un efímero mar de espuma y drénalo cuando los microbios empiecen a ahogarse. Para precipitar la masacre energiza la potencia del chorro, aumenta la presión del agua mientras reduces la fuerza que tú mismo ejerces sobre ti; inclina las manos, deja espacio para que el asesino blanco resbale y arrastre consigo los microorganismos que desprecias y temes. Que todo fluya hacia abajo. Por fin las burbujas, que son de tamaño tan variado como su capacidad de permanencia, se disipan, arramblando con el peligro.

(Vuelve a leer la metáfora del asesino blanco y detente en ella, entiende bien el genocidio que estás provocando sobre ti cuando bajo un grifo te despiojas: el jabón, lo más limpio que se puede concebir, no es sino el sicario más eficaz.)

(¡Y lo bien que huele! Te acompaña constantemente ese olor dulzón, tan dulce como un sabor, del jabón barato. O el menos persistente, o acaso solo más sutil, del producto caro. Los asesinos blancos.)

Ya puedes tocar los pomos. Los que habías restregado previamente con lejía.

¿Cómo? ¿Es que no los habías desinfectado? Pues ya los has tocado: debes repetir el proceso.

Te lavas otra vez y mientras frotas comprendes que toda superficie percibida contiene contaminación en potencia y te lavas las manos dos veces seguidas; no, tres, tres, con tanta convicción que terminas por hacerte daño. Sales del baño, te sientes vulnerable y regresas y afrontas una cuarta ronda, esta va a ser la buena, animas el espeso jabón alrededor de tus cutículas. ¿Alrededor? ¿Alrededor? ¿Dónde está el cepillo? ¿Dónde está la lejía para esterilizarlo? Mientras se seca el cepillo te lavas las manos, ¿será suficiente?, ¿y si se esconden los microorganismos entre el vello? Amplías el lavado hasta el principio del antebrazo. El cepillo está disponible y rascas tan a conciencia que una uña se erosiona, un padrastro sangra. Quedas expuesto.

La toalla. ¿No la lavaste ayer? ¿Cuánto tiempo ha pasado tendida en el balcón? ¡Qué más da! ¡Un segundo ya habría sido demasiado! ¿Cómo no lo habías pensado antes? ¡Temerario! ¡Ignorante! ¡Estúpido! Las toallas tienes que lavarlas a mano, en el lavabo, en el lavabo donde te ocupas de tus manos, y sobre todo secarlas con el nuevo secador que has comprado, también lo cepillaste a fondo antes de usarlo. Estuviste a punto de encenderlo para que se secara a sí mismo desde dentro, ¡estúpido! Te merecerías contagiarte. O algo peor.

¿Toallas? Tiras las toallas. Las sustituyes por el mejor papel higiénico que has encontrado. Tan caro que incluso a ti te resulta de fiar. Con él te secas. Con él vas a secar todo.

Miras en torno a ti. Enumeras mentalmente lo que tienes que hacer hoy. Hay tantas ocasiones de contagio que debes introducir elipsis en tu propia paranoia.

Pero ya tu tos bajo la mascarilla, en el interior del ascensor, junto a tres personas a las que podrías oír respirar si la máquina que os transporta no fuera tan ruidosa. A esa tos le responde otra, que es coronada por un estornudo; estos fenómenos se encuentran entre los que nadie puede obviar en periodos de epidemia. (Te visitan las imágenes de los centros sanitarios establecidos por el gobierno: ¿permitir que salga a la luz tu debilidad te hace más vulnerable que la propia debilidad?)

Notas cómo con cada tosido se humedecen las capas que protegen a los demás de ti, la máscara se reblandece. ¿No está esa humedad acumulada generando en torno a tu nariz un hábitat perfecto para el desarrollo de los gérmenes? ¿No has leído que se reproducen en ecosistemas acuáticos microscópicos, no has leído incluso que se sienten atraídos por los líquidos orgánicos y circulan como pueden hasta posarse y asentarse en ellos? Tantas palabras que no estás seguro de haber entendido bien. Has leído tantas, tantas cosas estas semanas. Meses ya.

Las miradas de los otros, la tensión con la que elevan y mantienen elevados los párpados en la caja del ascensor que baja es algo que puedes comprender sin tener que leer sobre ello. Es el pánico. El rencor, rencor hacia ti. Sienten rencor por lo que estás haciendo en este instante; aceptas que tienen derecho a juzgarte por tus toses.

Es tan fácil entender todo aquello que no sucede a escala nanométrica. Todo lo conmensurable era más fácil de lo que parecía. ¡Lo cuántico! ¡Qué terrible es lo cuántico! ¡Lo inefable! ¿Y si Schrödinger…?

Te preparas para abandonar el edificio. Navegar más allá de tus costas. Advertir, razonar, temer, pisar, aspirar, ¡rozar!, ¡tocar!.. ¡lamer! Exponerse, exponerse, exponerse. Combatir la exposición. Fracasar. Descontaminarse. Descontaminarse imposible comprobar si con éxito y vuelta a empezar.

¿Cómo evitar el contagio?

¿Cómo no contagiarse?

¿Cómo fiarte de esa persona a la que, en algún sentido, aún amas y, aunque no fuera así, es mandatorio besar por la noche? ¿Cómo vas a creerla cuando te dice que ha sido cuidadosa con la higiene hasta la obsesión, esa persona que no eres tú, que tiene un cuerpo distinto al tuyo? Si ni siquiera puedes vigilarte a ti mismo, ¿cómo podrías vigilarla? La conoces tan bien y, sin embargo, te resulta tan complicado confiar por completo en ella. No es que sea complicado: es que es una confianza físicamente imposible. No es nada personal. La decisión de confiar en esa persona se te va de las manos como jabón que ha cumplido su función.

Te sientes más incómodo a su lado tras cada ojeada al aumento de infectados según las cifras oficiales. Casos, más casos, personas que seguro tomaron precauciones, algunos muertos y cada día más y más muertos. La de este año es dura, dicen. Estamos juntos en esto. Ella, esta persona, coincide con el gobierno. «La de este año es la peor que hemos vivido juntos, cariño». Estás de acuerdo. Es muy razonable ella. Y, sin embargo, no puedes no recelar, ¿percibe tu desconfianza?, de esta persona tan inteligente y que tanto te quiere y que con tanto esmero se cuida de evitar el contagio. Y carraspea. ¿O ha tosido?

¿Por qué no se esfuerza un poquito más? Aunque solo sea para no contagiarte a ti después. ¡El extra! ¿Podrías pedírselo? ¿Podrías decirle que no está a la altura de la situación? ¿Se lo vas a decir o no? ¡Dile que no se acerque! ¡Que no te toque, por favor! ¡Dile, dile que te ha parecido ver cómo desplazaba por accidente con el meñique una mota de polvo que zanganeaba por el aire y después su dedo con eso pegado casi, casi ha tocado su boca, dile que era un granito ligeramente húmedo, o completamente mojado! ¿Cómo vas a saberlo? ¿Quién puede saber nada? ¿Cómo no contagiarse? Debes alejarte de esta persona. Si pudieras, te alejarías incluso de ti mismo.

Sin avisar te besa. Un beso rápido. Un posadito de sus labios sobre los tuyos. Las buenas noches. Otra noche sin dormir.

Quizá sea la última. La última en la que conserves tu cuerpo antes de que sea desfigurado por los antivirales, o los antibióticos, la última sin tu tráquea raspada por la intubación que imaginas tan inevitable como la gradual pérdida del sentido de la realidad, una hipoxia no acompañada de pérdida de consciencia.

Quizá sea la última noche en la que el miedo prevalezca sobre el dolor. Quizá sea la última y mañana uno de los dos deba irse sin pararse a pensar en los sentimientos del otro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

You May Also Like
Mi casa ideal
Read More

Mi casa ideal

Mi casa ideal tendría alguna que otra habitación. En una de ellas estaría yo y en otras estarían…
la máquina y tú
Read More

La máquina y tú

Circuitos, conexiones, cables, chips, plástico, metal, motores, tuercas, tornillos, válvulas, turbinas. Conoces las palabras para describir una máquina.…